Los tratamientos faciales y manicuras fueron los productos más demandados; amén de la peluquería, a la que acudimos todos (99%). Y en cuanto a cirugía estética, estamos a la cabeza de los países europeos y somos los cuartos del mundo tras Estados Unidos, Brasil y Argentina.
Nos gastamos en el 2007 en torno a unos 700 millones de euros en unas 350.000 intervenciones, según un informe de la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética.Con la crisis golpeando el bolsillo, el volumen de negocio podría haber descendido en torno al 40%.
La belleza nos preocupa, y mucho, a tenor de las cifras. ¿Y los venerados modelos de belleza? En la segunda década del siglo XXI estamos dispuestos a arrinconar el exceso y la desmedida. Tras varios años teñidos de una artificiosidad casi kitsch, hemos vuelto nuestros ojos a la naturalidad y al equilibrio. “Estamos pasando de la estética antiestética, con esos labios enormes y tallas de pecho exageradas en las mujeres, a la búsqueda de lo natural, de la proporción. Requerimos armonía y, sobre todo, que la operación no se note”, observa el cirujano plástico Ramón Vila-Rovira, testigo de cómo oscilaban las modas en los últimos años y defensor de la buena praxis: “La obligación de un cirujano es mantener el rumbo entre los devaneos del mercado, las modas y la frivolidad. No debemos salirnos de la raya que marcan la armonía y el equilibrio”. La mala noticia es que médicos y pacientes nos hemos saltado esa norma y se han cometido auténticos desmanes. La buena es que se acaba el reinado de la exageración que coronó a Pamela Anderson e imitadoras o a los hombres hipermusculados y quiso acostumbrarnos a los labios desmesurados. Ahora, por ejemplo, un pecho bonito es el que guarda proporción con tu cuerpo y un labio bello es el que permite ver tus dientes superiores cuando sonríes.
Fuente: http://www.lavanguardia.es


